Joaquín Sabina: «Habrá un disco en unos cinco meses»

sabina, 2016

La palabras de Joaquín Sabina

Pero tampoco le votó.
No, pero hice campaña con él.

¿Hay alguna guerra que justifique?
Hombre, la Segunda Guerra Mundial había que hacerla contra Hitler. Justificaría ahora una guerra contra el ISIS.

¿Una guerra guerra, con despliegue de tropas?
Es que, si no se hace, que no se va a hacer, es por la enorme cobardía de los grandes imperios que no quieren volver con ataúdes.

¿Pero usted cree que se debería hacer?
Es que creo que no hay otra manera.

Otro asunto que tiene pendiente es el de escribir sus memorias, y creo que ya ha habido varios intentos de arrancar…
Soy bastante obseso del idioma. No sé escribir prosa porque me la tomo tan en serio como si fuera un verso… y sale una cosa barroca, pedante y horrorosa y la tiro a la papelera. Hice varios intentos, pero como no me veía muy capaz, en vez de las memorias, acabaron publicando unos dibujos. Ahora, con esto de la operación y de las tripas, a lo mejor me ‘las receto’ y me pongo a ello.

¿Cuál es su primer recuerdo?
El mar, con cuatro años. Me llevaron mis padres a Punta Umbría, a Huelva, de donde era mi madre. Y vi el mar.

¿Y le gustó?
Me pasó como ahora. Que como soy de tierra adentro, me quedo como acojonao…

¿Qué queda de aquel niño en usted?
La capacidad de sorpresa, de entusiasmo. La curiosidad.

¿Cuál es el mejor consejo que le dio su padre?
Con lo de la política y esas cosas, que sufrió mucho el pobre hombre, me decía: «Hijo mío, no te hagas notar».

Pues no le ha hecho mucho caso…
No, pero una de mis fantasías es ser el hombre invisible. A mí me gusta mucho más mirar que que me miren. No he podido cumplirlo en los últimos años. Salvo cuando me voy a ciudades raras a pasear, que es un placer maravilloso.

¿Cuál es el mejor consejo que usted le ha dado a sus hijas?
Ninguno. Que sean honradas, que creo que lo son.

Una de sus hijas ha hecho un corto y parece que se va a dedicar al cine, y la otra es poetisa…
Poetisa y profesora de yoga.

Para no ser un padre muy dedicado, como usted mismo ha dicho, han salido bastante a usted…
Yo he tenido una enorme suerte. Carmela ha hecho conmigo un par de giras, de ‘pipa’, cargando y descargando, y se enamoró de esa purpurina de los oficios artísticos. Y la otra, que es mucho más introvertida, yo creo que todo lo ha hecho contra su padre, así que yoga…

Igual acaba usted haciendo yoga…
No creo. Yo he tenido mucha suerte con las niñas. Yo estaba aterrorizado porque veía amigos, hijos de famosos, que bueno… no hay más que poner la tele, dan pánico. Estas son buenas chicas, son guapas, tienen su vida y somos buenos amigos, aunque sea una cursilada decirlo. Soy buen amigo de mis hijas.

¿Echa de menos la época de La Mandrágora, cuando tenía usted la edad de sus hijas ahora?
Sí, era una época tan feliz y tan loca… Hay una frase de alguien: «Quien se acuerde de lo que hacía en los años ochenta es que no los vivió» [risas]. Echo mucho de menos a mi maestro, Javier Krahe, las conversaciones interminables con él, echo mucho de menos el ‘clima’, la impresión de que estábamos haciendo y en esa época era verdad, no estoy seguro de que lo sea ahora una España distinta, mejor, más fresca, más libre. Y echo de menos que entonces uno no tenía las resacas tremendas que tiene ahora.

Y eso que usted prolongó su juventud hasta los 50. Como ya ha contado, hasta esa edad no dejó las drogas y los excesos. De entonces es el que usted considera su mejor disco y los fans lo avalan: 19 días y 500 noches. Pero parece que luego el ‘rendimiento’ bajó, como si la creatividad estuviese vinculada a los ‘excesos’…
Algo de eso hay. Pero le pasa a casi todo el mundo. A mí, que soy un apasionado de Dylan, las canciones que me gustan de él son de hace 40 años. La poesía es un género de juventud. En el proceso de envejecer se pierde la capacidad de pasar las noches en blanco, que, en mi caso, es un terreno en el que florecían mucho los versos y las canciones. No solo por la edad y determinado tipo de achaques, sino también por ese hijo de puta que inventó los selfies, que me arruinó la vida. Ahora no puedes entrar en un bar y estar tranquilamente, como yo hacía toda la vida, sentado en una esquinita escribiendo.

Supongo que antes de los selfies ya le abordaban en los bares…
Era más razonable.

Confiese, ¿desde cuándo no baila tregua y catala?
Desde Praga, desde Praga. Y se echa de menos.

En el libro de Prado que cuenta el proceso de escribir canciones y en concreto el disco Vinagre y Rosas, que compusieron en Praga, queda claro que cuesta dar con el verso…
A mí me cuesta mucho. Pero luego pones en la radio ese rap contemporáneo o ese hip hop y oyes cada verso que dices… ¡Dios mío de mi vida, el fracaso escolar es tremendo! Como uno no tiene una gran voz ni es músico ni tiene talento excepcional, yo hace muchos años pensé que lo único que podía hacer era unas letras de canciones que no dieran tanta vergüenza. Y ahí andamos.

¿Cuál es su verso favorito de los que usted ha compuesto?
Tengo unos cuantos. «Cómo van a caber tantos besos en una canción». Ese me gusta, por ejemplo. Porque yo creo que las canciones tienen una ventaja sobre la poesía. La poesía no puede ser cursi y las canciones deben ser un poquito cursis. Y como yo tengo un corazón de peluquera de barrio…

Pues sí, ese verso no es de los más sofisticados…
Claro. Es que lo podría cantar Antonio Machín. Hace 20 años los novios les regalaban a las novias los Veinte poemas de amor, de Neruda. Pero ahora la poesía se ha hecho muy críptica y la canción ha heredado ese poder de comunicación con la gente normal que tenía antes la poesía.

¿Cuál es su mayor logro?
Haber hecho cuatro o cinco canciones que me van a sobrevivir y que han tocado el corazón de mucha gente de muchos países, algunos incluso en los que no he estado.

Dígame para cuándo hay nuevas canciones.
Tengo todavía mes y pico de posoperatorio. Pero habrá un disco en cuatro o cinco meses.

En 2001 sufrió un ictus y poco después padeció una larga depresión de la que afortunadamente salió.
Yo la superé. Me vino sin motivo. No fue exógena. Y me vino después de la euforia de haber sobrevivido al ictus. Y yo creo que algo tuvo que ver eso. Cuando me di cuenta de que no era Superman, sino un tipo que se estaba poniendo triste. Duró un año y pico. No quería salir de mi cuarto y no salía. No me quería morir, pero no quería ver a nadie. Como agorafobia. Y tal como vino se fue. Me ayudaron mucho los poetas. Amigos. Me obligaron a hacer el libro de sonetos y eso me subió el ánimo. Pero con la depresión pasa una cosa: se queda agazapada. Estás libre de ella, pero ya tienes ese miedo dentro a que vuelva. Tienes que estar siempre echándole un pulso.

Con todo, ha dicho usted que desde que es feliz le resulta más difícil escribir canciones. Así que deduzco que es feliz…
De una manera mínima y doméstica. Tampoco hay que exagerar. Con lo de la felicidad, yo siempre digo lo de Rimbaud al periodista francés que le dijo que él era feliz: «¡Cómo ha podido caer usted tan bajo!».

¿Tiene usted alguna pesadilla recurrente?
Sí, una horrorosa, que tengo casi dos veces por semana: salgo al escenario, no soy capaz de articular palabra, no recuerdo nada del repertorio, me siento desnudo… ahí me despierto. Pero es horrorosa y es muy real. Cuando me despierto, la conciencia es de enorme alivio y de que he vivido algo muy real.

O sea, que aunque no es cierto que sufriese un ataque de pánico cuando se fue del escenario en un concierto el año pasado, aquel ‘Pastora Soler’ (era un problema de estómago, como ha quedado patente), todavía le da miedo salir al escenario…
Miedo nos da a todos. Y como yo siempre me he sentido un impostor, nunca he soñado que me fuera a pasar lo que me ha pasado, eso va a más. Llenar los sitios, vender muchos discos… siempre me he sentido como de prestado, como que eso no me tocaba a mí, así que todo eso lo he vivido con cierta distancia.

¿Cuál ha sido el peor momento de su vida?
Creo que fue con 17 años. Un amigo mío muy querido y maestro se suicidó en Granada la noche de Nochebuena. Sin que supiéramos por qué. Porque era el más listo, el más guapo y el más simpático. Eso no se me ha ido nunca de la cabeza.

¿Nunca supo la razón, ni después?
¿Y por qué se suicida la gente?

No sé, por desamor, porque te has arruinado, porque tu hijo se ha muerto…
Esos se matan. No se suicidan.

Es usted realmente obseso de la palabra precisa… ¿Cuál es la frase que más usa?
No estoy seguro.

¿Qué es lo más bonito que le han dicho?
¿Es usted Luis Joaquín Aute?

Eso se lo acaba de inventar.
No, es cierto.

¿Cuál es la última mentira que ha dicho?
Pues esta última. Pero no porque me lo haya inventado, es que me han dicho cosas mucho más bonitas. Pero yo tengo mis pudores…

Puedes leer la entrevista a Joaquín Sabina en El Semanal en la web de la revista

3 respuestas a «Joaquín Sabina: «Habrá un disco en unos cinco meses»»

  1. Aplaudo que el maestro Joaquín Sabina tenga una página donde podamos seguirlo y donde las nuevas generaciones puedan conocer su obra.Siempre he pensado que es uno de los pocos que cuando hace algo sabe lo que se trae y si no lo supiera igual le saldrá bien porque lo ampara el talento y eso es algo que se le escapa hasta a su propia voluntad.Soy cubana, una más que se regó por el mundo por razones obvias.Cuantas veces me habré evadido de mi propia realidad escuchando una letra de Sabina.Cuando encuentro a alguien que también disfruta su obra sé de inmediato que tiene algo que ver conmigo,al menos sé que es pensante,racional e irracional.En fin amo su obra,su personalidad rebelde y escéptica.Como también garabateo,a veces voy a escribir algo y pienso:maldición,esto ya lo dijo Sabina!

  2. Recuerdos a Joaquín de Praga, aunque no nos vimos aquí. Tengo un par de canciones traducidas al checo y si da tiempo habrá más. Desde los principios de los 90 (cuando estuve 1 aňo en Madrid) guardo mi espanol con las canciones/poesía de Sabina. !Gracias seňor profesor!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.