Artículo de El Heraldo de Aragón
Tras los conciertos de Joaquín Sabina en Zaragoza podemos decir que han vuelto a maravillar al público, y muestra de ello son las crónicas y especiales que se han escrito. En este caso, traemos un artículo de El Heraldo de Soria, escrito por Gonzalo de Figuera.
Hace ya bastantes años que Joaquín Sabina se situó en una privilegiada posición más allá del bien y del mal, con sus canciones instaladas en el imaginario colectivo y consciente de que cuenta con una legión de devotos seguidores que van a llenar sí o sí cualquier recinto en el que actúe, y jalear con entusiasmo hasta el más mínimo gesto del artista. La presentación de su nuevo disco, Vinagre y rosas, el jueves en la sala Mozart, fue una nueva demostración de que la sabinitis es una enfermedad con mayor incidencia que la gripe A (metafóricamente hablando, claro).
Arrancó el de Úbeda con piezas de su último trabajo (Tiramisú de limón, Viudita de Cliqot, Parte meteorológico), para continuar con otras anteriores como Medias negras, Aves de paso, El bulevar de los sueños rotos o Llueve sobre mojado. Del material nuevo, nos quedaríamos con Agua pasada, una de esas canciones de desamor con el típico sello sabiniano y con cuyos versos se puede identificar el común de los mortales, o Cristales de Bohemia, con un escueto arreglo de piano y acordeón y cierto aire a lo Tom Waits.
Tras esta última, apareció en escena Mara, la nueva corista que sustituye a Olga Román, vestida de lumi y apoyada en una farola, para cantar a dúo con Sabina La Magdalena. Y en la recta final clásicos como Peces de ciudad, Nos sobran los motivos, Calle Melancolía, 19 días y 500 noches o Princesa provocaron el previsible delirio de la concurrencia. La tanda de propina derivó hacia sonoridades mexicanas, con Vinagre y rosas, una ranchera de factura discreta -su melodía suena a mil veces oída-, Lunas de miel y, cómo no, Y nos dieron las diez. El público insistió pidiendo más, pero ahí acabó la cosa; en total dos horas de concierto, tampoco hay para quejarse.
Respecto a las nuevas canciones, no ofrecen grandes novedades y quizá no figuren entre las más inspiradas de Sabina, pero
tampoco desmerecen y conservan el toque característico de su autor, esta vez con la ayuda de Benjamín Prado y de Pereza, que le dan el punto rockero a Embustera. Algunos apuntes más: a pesar del gran despliegue técnico, con enormes mesas de sonido, éste no fue todo lo nítido que cabía esperar; así, en ocasiones la voz de Sabina sonaba un tanto estridente, mal balanceada con el resto de los instrumentos. En cuanto a la escenografía, lo cierto es que quedó muy aparente, con un telón de fondo en el que se dibujan los tejados de la gran ciudad y sobre el que, en un momento dado, aparece una rutilante luna llena. Un marco adecuado para ese gato nocturno, callejero y canalla llamado Joaquín Sabina.