Un poco de historia

joaquin sabina

El protagonista de www.JoaquinSabina.net indudablemente es el Flaco de �?beda, así como Panchito Varona, Olga Román y Antonio García de Diego. Pero dejadme que os cuente que ayer 5 de marzo visitaron mi tierra, Cádiz, para dar un concierto con el que también casi acaban los carnavales.

Fue un placer volver a verlos, y quería agradecer desde aquí todo el cariño recibido.

Aquí os dejo unas cuantas fotos y poco a poco colocaré videos de las pruebas de sonido que hacen antes de los conciertos, y los «behind the scenes».

A seguir disfrutando de la música,

Pablo Garcés
Creador & Webmaster

Rompiendo bastones

joaquin sabina

Para reírse de sí mismo aparece en el escenario con paso lento, teatralmente encorvado y con bastón. Apenas un par de canciones después, Joaquín Sabina canta erguido, se mueve nervioso y rompe esa muleta, en la que aparenta sostenerse, a golpes contra el suelo. El paripé de vejez y cansancio desaparece antes de que el recital cumpla diez minutos de vida. Ni rastro de agotamiento vuelve a sacar la nariz en lo que resta de velada. La canciones, cuando el público las conoce, ya no se cansan nunca y el autor que las parió vuela sobre ellas, confiado. Juega con todas las ventajas que los espectadores conceden a los mitos, a esos que se va a ver con la vocación de contarlo, con la intención de recodar el manido «yo estuve allí». Cuando se alcanza ese status, que en la música española disfrutan media docena de artistas, el cariño se paga por adelantado y todo los afectos están tendidos como alfombras, a la entrada.

A estas alturas de vida y carrera, el de �?beda se sabe un superviviente y se limita a coleccionar momentos, a regalarlos. Con ese espíritu apareció sobre el escenario. La complicidad la traía puesta y compromisos, los justos. Ni siquiera los propios respetó. Reservó el arranque de su concierto a las cuatro canciones que más le deben gustar de su último disco, Alivio de luto, y comprobó que sus fieles aún le acompañan (corearon Pájaros de Portugal), que no sólo se alimentan de melancolía.

Pero una vez demostrado que tiene canciones frescas, juega con los tiempos como quiere. Viaja de los años 80 al siglo XXI con la certeza de que los presentes acogen sus letras sin pedirles el carné de identidad, sin pararse a recordar en qué época las descubrieron. Da igual, les han acompañado desde ese momento, tanto si hace 25 años como si es de hace diez meses.

Antes de la media hora, ya sonaba Calle melancolía. Antes de que cualquiera pudiera dudar, se mostró peleón y pendenciero. Se declaró rojo (con los tiempos que corren) y mentó a Jiménez Losantos.

Ni siquiera tuvo que extenderse en la oratoria que separa una canción de la siguiente y que, cuando se trata de este tipo de figuras, los asistentes esperan con interés. Le bastó saludar a Don Carnal, insultar a Doña Cuaresma, evocar La Viña, el Pay-Pay o el Pópulo para mostrar que conoce un terreno que frecuenta de forma anónima cada vez que puede y en buena compañía. Como confesión ante los comentarios, aseguró que la Bahía empieza a ser «esa patria que nunca tuvo ni quiso» y lanzó dedicatorias a varios de sus muchos anfitriones, Felipe Benítez Reyes y Juanjo Téllez, en sus frecuentes escapadas literarias en Rota. «Amigos de versos, vino y charlas», les definió.

El aforo (lleno en las 2.500 personas que aceptaba) tuvo la dimensión exacta, como la voz del jiennense, que suena tan firmemente rota como siempre, sin rastro de ese agotamiento que se empeñó en remedar al inicio. El de Cádiz de anoche era el concierto número 50 de la Gira Ultramarina: «En Gijón pensaron que no iba a pasar del cuarto» volvió a burlarse Sabina de los que fueron a verle con el recuerdo de su grave enfermedad.

Si ese susto le ha regalado algo es vitalismo, ansiedad por aprovechar cada uno de esos 50 momentos que lleva regalados. Si alguna vez le faltó atrevimiento, ahora lo tiene sobrado. Interpretó Nos sobran los motivos minutos antes de coquetear con el rock guitarrero en Conductores suicidas. Fue capaz de fundir, sin pausa, en una especie de popurrí tan oportuno, Quién me ha robado el mes de abril con uno de sus últimos temas. Hasta la copla irrumpió de la voz de la inseparable Olga Román.

joaquin sabina

Esos bastones de talento (el de la cantante de voz líquida, el de García de Diego, el de Pancho Varona) sí que sostienen al cantautor en el escenario. Pero ese recurso nada tiene que ver con los años, el desgaste ni las dolencias, es una suma de capacidades que los seguidores de Sabina disfrutan desde hace años y sin el que su poesía tendría menor melodía. Esas colaboraciones de lujo están, desde siempre, conservadas en vinilos, en CD y en conciertos grabados en vídeos y memorias.

El papel de estos músicos en las canciones del autor es tan destacado que tienen sus momentos de protagonismo individual. El coral lo sostienen de principio a fin, como esos actores secundarios sin cuya presencia sería imposible entender ciertas películas.

La comunión de las casi 3.000 almas que anticiparon (o modificaron) el final del Carnaval se mantuvo hasta el adiós. Las gradas y la pista cubierta de sillas (inservibles excepto en el caso de las primeras filas) cantaron Que se llama soledad o Amores que matan con el micrófono que, gustoso, les prestaba Sabina desde el escenario. Ni siquiera al final se plegó a cortesías ni tópicos: «Estamos mayores para hacer el paripé de irnos para que nos pidáis que volvamos». Así que hizo un solo bis, pero largo, generoso. Los pocos que habían resistido sentados entonaron en pie Noche de bodas y Y Nos dieron las diez. Sin dobleces. Las canciones que todos querían y como las querían. Cádiz y Sabina están mayores para pamplinas.

Ambas partes iban a lo que iban: a sumar otro momento a la colección de recuerdos.