“Hay una caza de brujas de Hacienda a los artistas”

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La palabras de Joaquín Sabina

¿Por qué le dio por volver a 19 días y 500 noches?
Desde hace 15 años, que las grabamos, las canciones de ese disco han sido las que más gusto nos daba tocar y las que parece que el público recibía mejor. Así que cuando tuvimos la oportunidad de hacer una gira y buscamos un soporte, pensamos en ellas.

¿Cómo recuerda aquella época?
Fui el último disco de mi segunda juventud: cumplí 50 años, tuve un ictus, me quité de algunas sustancias no especialmente recomendables para la juventud, me dejó una chica, me enamoré de otra… Pasaron demasiadas cosas. Fue también el final de esa etapa insomne y de excesiva intensidad, de estar cinco días dedicado a escribir una canción sin dormir ni comer. El momento más alto de una época de especial creatividad que abarca los tres álbumes anteriores y éste. A partir de ese disco, la vida se ha hecho un poco más doméstica y civilizada.

¿Qué es lo que más echa de menos de entonces?
Que follaba mucho más

¿Podría detectar por qué funcionó aquel álbum?
Eso siempre es algo inaprensible. Lo que pasa es que, si te lo preguntan muchas veces, acabas pensando en ello. Yo creo que es la intensidad. Si haces las cosas sin dejar nada atrás y sin pensar en modas ni en márketing ni en vender entradas, sino sólo en que la canción tenga la carne y la sangre que debería tener, ésta acaba reflejando un sentimiento colectivo. Eso quiero pensar, pero en realidad no sé por qué camino las canciones se abren paso hacia el corazón de la gente.

Algo sospechará
Me sorprende muchísimo tocar en Guatemala, en Medellín o en Tel Aviv y que la gente comparta unas canciones hechas en un barrio de Madrid vecino de Lavapiés. Ojalá se me hubiese ocurrido a mí la frase, pero alguien dijo que una buena canción tiene que tener una buena letra, una buena música, una buena interpretación y algo más que no sabemos lo que es y que es lo único que importa. Ese algo más fue lo que probablemente tiñó ese disco con una gotita de magia.

Usted también escribe y pinta. ¿Qué tiene la música para priorizarla sobre esas otras facetas?
Su capacidad y velocidad de transmisión, pero también el misterio ése de cómo llega a la memoria colectiva y se transforma en la vida de otra gente que no conoces ni conocerás nunca. Esa capacidad no la tiene ni el cine: nadie dice “me enamoré viendo tal película”, sino “me enamoré oyendo tal canción”.

¿Cuáles diría que son sus ‘secretos de cocina’ en su trabajo?
Con los años se aprende un poquito de técnica. Pero he dedicado mi madurez a olvidarme de esa técnica, porque creo mucho en ese concepto tan cursi y pasado de moda que es la inspiración. Más en la instantánea que en el trabajo de estudio minucioso. Hay que desaprender.

¿Puede ser inspiradora una crisis?
Las crisis son muy malas para el bolsillo de la gente. Para los artistas son agua bendita, fantásticas, porque cuando viene el terremoto y la vida cotidiana se tambalea, surge un punto de desesperación que es imprescindible para la creación


¿Y a usted le ha brotado algo con todo lo que está pasando?
Aún no lo sé. Estoy intentando escribir canciones y me intentaré meter en el estudio a grabar al final de la gira. Pero los movimientos sísmicos y sociales me inspiran. Lo que que aburre es la calma chicha.

En el segundo concierto que dio en Madrid el pasado diciembre cantó ‘Mater España’, una canción en estas coordenadas.
La canté precisamente por lo que está pasando con las nacionalidades con Cataluña y España. Era un poco provocador. La canción no es a favor de ninguna clase de patriotismo, sino todo lo contrario. Pero me pareció que era el momento de cantarla.

¿Hasta qué punto le llegan las demandas de los fans a la hora de decidir hacer una gira como esta que empieza ahora?
Sí llegan, pero lo que me llega más es que en la gira viajamos con 30 personas y todos tienen familia y necesitan trabajar. Yo estoy encantado de trabajar y viajar con ellos. Espero que sea una gira tranquila, primero, porque está rodada por toda América del Sur y con cuatro conciertos en España, y segundo, porque le he dicho a mi mánager que no más de dos bolos por semana y nunca seguidos. Para poder fumar un poquito y tomarme una copa con los amigos entre medias.

Hubo mucho revuelo tras el abrupto final de su primer concierto en Madrid.
En lugar de echarme al pilón, el público fue absolutamente indulgente y cómplice. Lo que me pasó no fue nada raro en ningún otro oficio. Las señoras mayores estamos delicadas del estómago. Ahí se me mezcló un cruce de tripas con un sudor de frío de pensar que estaba en Madrid y que había vomitado entre canción y canción. Y todo eso me creó una especie de neura que hizo que diese el concierto completo, pero sin bises. Pasé una noche muy mala pensando que había defraudado a la buena gente de Madrid y primero decidí que no cantaba más, y media hora después decidí que el único modo de no morirme de desesperación era cantar cuatro días después. Y ya estamos ‘curadas’.

¿Qué tiene que decir de sus problemas con Hacienda?
Yo no me he ocupado jamás de mis ingresos; para eso tengo una estupenda oficina de asesores de hacienda, que son los que aconsejan a la mayoría de los artistas de este país. En la época en que se crearon las sociedades, yo, que como he dicho viajo con 30 personas y muchas veces soy empresario, mis asesores me dijeron que esto era una sociedad. Y el criterio del Gobierno cambió ahora sobre las sociedades. Muy bien. He pagado y luego he recurrido. Estamos yendo a los tribunales porque creemos que tenemos absolutamente la razón.

¿Diría que hay una ‘caza de brujas’ desde Hacienda y el Gobierno?
Hay, primero, un desprecio atroz por la cultura. Esto incluye el 21% de IVA a los espectáculos culturales. Aquello que dijo Pedro Almodóvar en los Goya, “Buenas noche, amigos de la cultura y del cine. Señor Wert usted no está incluido en esto”, lo firmo completamente. Y sí que hay una caza de brujas.

¿Su caso es único en el gremio?
No. Lo que pasa es que no lo cuentan. Y hacen muy bien, porque cuando lo cuentas, levantas la liebre. Amigos cantantes importantes me han llorado en el hombro diciendo: “Me han quitado todo lo que tenía. Lo poco que tenía”.

Joaquín Sabina, en una entrevista en el periódico El Mundo