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joaquin sabina Mañana no será lo que Dios quiera

| Sección: Especiales

joaquin sabina, luis garcia monteroMañana no será lo que Dios quiera es el título del libro que uno de los mejores poetas de España, Luis García Montero, ha escrito. Y sobre él tenemos estas líneas de Joaquín Sabina, una recomendación y una felicitación extensa y en la línea de Joaquinito, con destellos de calidad impagables.

En la web de Alfaguara podemos leer de manera gratuita las primeras páginas de Mañana no será lo que Dios quiera, libro sobre el que Joaquín Sabina además de esto ha dicho que es “la novela que me gustaría cantar, una de las mejores canciones de amor que he leído. La historia de España vivida en primera persona“.

La editora del libro dice que “Luis García Montero construye el retrato del poeta Ángel González y recorre los primeros años de su vida para rescatar la mirada de un niño que tuvo que crecer sin la figura de su padre, pero con toda la fuerza de una familia y una geografía que se resistían con uñas y dientes a dejarse vencer”, por lo que es recomendable al 100% su lectura, ya que de este grupo de amigos… nada malo sale nunca, y seguro que la espera del nuevo disco se hace más dulce.

Cuando vi la portada de este libro, lo primero que pensé fue que los editores habían reproducido un fotograma de la película El Chico, de Chaplin. Fíjense bien: la misma conmovedora cara de golfillo, la misma mirada entre pícara y desvalida, el mismo flequillo, la misma gorra enorme, los mismos pantalonazos. Y claro que era El Chico, pero no el de Chaplin sino el que alguna vez fue y siguió siendo, a su modo, hasta la muerte, el inolvidable Ángel González. Ese chico, ese guaje, ese golfillo del que no sabríamos nada si Luis García Montero no le hubiera puesto al amigo, al poeta, en su crespúsculo, una grabadora delante y un par de whiskys para cumplir casi un deber testarmentario. Ángel se fue, maldita sea, hace ya más de un año, el tiempo que ha empleado Luis (¿quién podía hacerlo mejor?) en dar forma poética, novelada (y, sin embargo, asombrosamente fiel) a aquel río de palabras arrancado al último Ángel en tantas sobremesas del penúltimo mes de agosto en Rota. Una tarde caí sin avisar por la casa y, al sorprenderlos, hablando y grabando en un susurro, como en una confesión laica, decidí respetar la liturgia de la memoria y la amistad y la literatura y me fui de puntillas para no romper lo sagrado del aire. Lector ávido e indiscriminado como soy, más que adicto al género biográfico, he de confesar, sin embargo, que siempre se me han atravesado los libros dedicados a la infancia, a cualquier infancia, incluida la mía. Esa supuesta y tan prestigiada única patria del escritor me pareció prescindible demasiadas veces, tantas que, suelo deshonrar las biografías que leo saltándome todo lo que al héroe le sucede antes de los veinte años. A partir de ahí empieza a interesarme, cuando vuelve de la mili, cuando se va de putas, cuando escribe el primer verso, cuando coge las riendas de su destino. Con que menudo problema: el libro de un amigo casi hermano sobre la infancia de un maestro casi padre. Y además en prosa tratándose de dos poetas. Y para colmo novela o novelado, qué mas da. Pero ¡ay!, el hombre de poca fe y edad adulta ya debería saber a estas alturas que los tesoros literarios, que los milagros, que las pepitas de oro de la tinta acostumbran esconderse donde uno menos las espera. Y así fue que el placer que me produjo empaparme de esa infancia, guiado por la varita mágica de García Montero, sólo es comparable al desmesurado hueco que nos dejó en el corazón Ángel González. ¡Qué libro! ¡Qué niño! ¡Qué familia! ¡Qué guerra! ¡Qué amargura! ¡Qué belleza! Es más, mucho más que una biografía, más, mucho más que un libro de poemas, definitivamente más que una novela. Como si el autor, para debutar tan brillantemente en prosa no ensayística, hubiera estado esperando a que el anciano poeta de barba blanca le contara las andanzas de aquel rapaz, lo atroz de aquella guerra, la desesperada dignidad de los vencidos, la obscena crueldad de los vencedores. El padre muerto prematuramente, el hermano asesinado, Maruja, la hermana depurada (que se decía entonces), la casa familiar convertida en pensión de militares fascistas, el moro amigo, la primera guitarra, la taberna, los Taibo, Manolito Lombardero, tía Clotilde, Oviedo, la pobreza, la incuria, la esperanza ilustrada y tricolor, el sangriento debut de un tal Franco en Asturias, los rojos fugitivos escondidos temblando de miedo en alacenas, las primeras lecturas, la solidaridad en el espanto. Aquel niño, aquel alevín de poeta con su gorra y su flequillo y sus pantalonazos tuvo la inmensa suerte, entre tantos escombros, entre tanta ruina, entre tanta desgracia, de encontrarse tantos años después con otro enorme poeta llamado a darle voz, a darnos voz a todos los vencidos. Le hubiera gustado escribirlo a Stefan Zweig y a mí cantarlo y a González leerlo, estoy seguro. Porque ahora sabemos lo que había detrás de las gafas de Ángel, de los ojos de Ángel, del destierro de Ángel, del pudor de Ángel, de la elegancia de Ángel, de los versos de Ángel, de los silencios de Ángel, del alma de Ángel. Gracias Ángel. Gracias Luis. Si quieren reconciliarse, en esta feria del libro todo a cien, con la literatura, con la poesía, con la novela, con la palabra, con la memoria, si quieren reír mientras lloran, si quieren llorar mientras ríen, si quieren querer que dure más, que no se acabe nunca, que siga hablando Ángel, que siga escribiendo Luis, que no cierren los bares, que jamás amanezca, lean este libro hermoso sabiendo que mañana no será lo que Dios quiera. No se arrepentirán.

Joaquín Sabina
Mañana no será lo que Dios quiera (Luis García Montero)

joaquin sabina Madrid, el territorio de los sueños

| Sección: Especiales

joaquin sabina, madrid

Madrid, el territorio de los sueños

Cuando yo empezaba a corretear por Madrid, lo suyo, lo que de verdad se llevaba, era despreciar las medallas. Quedaba muy bien, pero era mentira. En realidad, eran las medallas las que nos despreciaban a nosotros.

Por una medalla de Madrid uno hasta madruga. Por darse un paseo por este Madrid isidril, tan primaveral, y tan hermoso, y tan faldicorto, al que le llamó Galdós una vez poblachón manchego. Pero también Galdós dijo -y yo lo dije un día en la plaza de toros de Las Ventas, no toreando, sino cantando-: “Yo nací en Madrid a los 30 años”. Luego, el Nobel Cela dijo que Madrid estaba entre Navalcarnero y Kansas City. Para el niño de provincias que yo fui, Madrid era el sitio donde iban todos los trenes, y sobre todo era el mapa del deseo, el territorio de los sueños, estaba entre Babilonia y el paraíso terrenal. Lo malo de los sueños es que algunas veces acaban cumpliéndose.

Yo siempre digo que los que habéis nacido en Madrid, como mis dos hijas, guapísimas, que son madrileñas, gatas de pro, se han perdido el modo de paladearla de alguien que viene de fuera y se baja en la estación de Atocha con su maleta de cartón y con su boina en el alma. Como era el niño de provincias que yo fui, que soñaba con conquistar una ciudad que es tan fácil de conquistar porque te deja empezar a ser madrileño en el mismo segundo en que te bajas en Atocha y te quedas en Madrid. Quiero darle las gracias a Pancho y Antonio, mis músicos maravillosos, mis hermanos maravillosos que tienen tres cuartas partes de esa medalla.

Decirle a Joan Manuel Serrat, que él tiene la de Barcelona, que es la única que tenía que no tenía yo, y ahora tengo la de Madrid y que no se la cambio. Con todos mis respetos a Barcelona.

Madrid es la ciudad más hospitalaria, más callejera, más amable y más abierta del mundo, una ciudad donde es inconcebible imaginar a los madrileños desfilando detrás de un himno o con una bandera de Madrid. Y eso es estupendo. Una ciudad que además de ser Villa y Corte, ahora es una ciudad modernísima y maravillosa. Este patio parece que lo estrenamos hoy y, aunque a mí me gustaba más la plaza de la Villa, me parece una delicia de lugar para acoger a toda la gente que admiro y a toda la gente que quiero.

Quiero mandarle un beso a la madre de mis hijas y a mi novia Jimena, que es peruana. Es decir, madrileña, porque vive en la calle de Relatores. Es muy emocionante. Estoy muy agradecido y abrumado. Y con alzhéimer. Muchas gracias.

Joaquín Sabina
Discurso tras recibir la Medalla de Madrid

joaquin sabina Video: Medalla de Oro de Madrid

| Sección: Especiales, Videos

Video: Medalla de Oro de Madrid

Emotivo video en el que las personas más cercanas a Joaquín Sabina nos lo retratan con motivo de la entrega de la Medalla de Oro de la ciudad de Madrid. ¡¡Felicidades!!

joaquin sabina Joaquín Sabina… conquistado por Madrid

| Sección: Especiales, Noticias

joaquin sabina

“Alguien que viene de fuera y se baja en la estacion de atocha con su maleta de cartón y con su boina en el alma como era el niño de provincias que yo fui que soñaba con conquistar una ciduad que es tan facil de conquistar porque te deja empezar a ser madrileño en el mismo segundo en que pones el pie en la estación de atocha, y te bajas en atocha y te quedas en Madrid”

Joaquín Sabina
Discurso entrega de Medalla de Oro de Madrid 2009

joaquin sabina Joaquín Sabina, por Alberto Ruiz Gallardón

| Sección: Especiales

joaquin sabina

El hombre de las mil máscaras

“No se dejen engañar. Lleva años intentando convencernos de que su auténtica vocación es la del pirata cojo… Y sin embargo su amigo Aute ya le desenmascaró cuando escribió que en realidad el perdedor es su universo, aunque pretende ser feliz, y aún hay quien dice que está cuerdo. ¿Quién es, entonces, este hombre de las mil máscaras?. Un clásico.

Sabina pertenece a esa tradición memorable de la bohemia madrileña de los Sawa, Valle y compañía. Pose donjuanesca, alma romántica y tronada, esconden uno de los grandes cráneos privilegiados que junto a los anteriores han hecho de la noche y las letras madrileñas un mito, no tanto de disolución, lo siento Joaquín, como de agudeza.

Músico, poeta, showman de sí mismo y de todos nosotros, de un tiempo y de una ciudad, el dandismo de Sabina deja entrever una única certeza asomando tras ese sarcástico ilusionismo del tipo sensible metido a duro: su amor por Madrid. Un amor plasmado en una canción que es ya casi un himno para la ciudad, “Pongamos que hablo de Madrid” y cuyos versos constituyen tal vez la más hermosa confesión de amor que se le ha hecho, que se nos ha hecho.

Alberto Ruiz Gallardón
Alcalde de Madrid

La admiración que procesa Alberto Ruiz Gallardón por Joaquín Sabina quedó plasmada en aquella mítica entrevista en Las Cerezas con Julia Otero. Ayer con motivo de la entrega de las medallas de oro de la ciudad de Madrid le dedicó este discurso que debemos guardar para el recuerdo. Bravo por Gallardón.

joaquin sabina A través de sus versos

| Sección: Especiales, Inédito

Debía ser el 78 o el 79, tal vez antes, tal vez después, cuando me tropecé con Luis en Granada. Era entonces un post-adolescente letraherido, rubito y dotadísimo, que ya asustaba por su más que solvente precocidad literaria. Como decía su compadre Javier Egea, Quisquete para los amigos, no paraba de escribir luminosos poemas sobre tiempos y asuntos, por su juventud, imposibles de haber vivido en primera persona. Para mí, para tantos, conocerlo fue un deslumbramiento. Han llovido 30 años desde entonces y no ha dejado ni un solo día, quiero decir ni una sola noche, de deslumbrarme como poeta ya hecho, y derecho (iba a decir), aunque es izquierdo y bien izquierdo, y bien unido, perdonen la tristeza, porque nos unen Granada, Rota, Madrid, Almudena, Arcángel González, Pepe Caballero, Chus Visor, Eduardo Mendicutti, Benjamín Prado, Miguel Ríos, Alfredo Bryce, Javier Rioyo, la poesía, la canción, el compromiso, los huevos estrellados que hace como los ángeles (pruébenlos), la vieja Facultad de Letras de Puentezuelas, el paquete de ducados de su novia, Juan Vida, Jaime Gil, Coilliure, Rafael Alberti, tantos amigos, tantos muertos tan vivos en su obra y en su ejemplo, tantos amaneceres con resaca.

Un amigo de muchos condenado a estar solo. Así se define en su último libro, Vista cansada, definiéndonos a todos. Qué alegría celebrar, con la que está cayendo, el cumpleaños de la editorial Visor, gracias a esta nueva y exquisita colección, Palabra de honor, de la mejor manera posible, con la última entrega de Juan Gelman y esta hermosura de Vista cansada.

Lo he comprado tres veces. Las dos primeras, apenas saboreado, sentí la urgencia de regalarlo, porque a uno le gusta hacer patria poética y porque Luis, como Manrique, como Bécquer, como Rubén, como Machado, como Jaime Gil, como Ángel González, como todos los grandísimos poetas, no sólo es un maestro de poetas, que también, sino que, además y sobre todo, parece capaz de contarnos, y de qué manera, lo que habíamos olvidado que sabíamos de nosotros mismos. Luis sirve para hacer afición, para volver a la plaza porque torea José Tomás, para acercarse a las librerías porque ha salido un nuevo libro suyo. He comprado un tercer ejemplar, y éste pienso quedármelo.

Leer el libro es sentir deslumbramiento, recogimiento, reconocimiento y sí, qué pasa, emoción hasta las lágrimas. No hay rimas, ya lo sé, (con lo que me gustan) y, sin embargo, qué medida tan medida, qué ritmo, qué son, qué compás, que música interna. Ni mijita de falta que le hacen los indocumentados como yo que pretendan añadirle melodía a sus poemas, porque la llevan dentro como el hueso la médula, como el huevo la yema. No en vano es de los pocos poetas cantables y recitables y comprensibles y memorables, sin renunciar por eso nunca a las más alta exigencia formal y lírica. Es también un libro, permítanme decirlo, lleno de un amor casi tan franciscano por las cosas de todos que incluye en su inventario hasta el desamor, hasta los goles de su equipo, hasta los escolapios, hasta la democracia. Amor por los calendarios, por los andenes, por los padres, por los hijos (sobre todo si son de vecino), por las ciudades, por los amigos, por las derrotas, por la angustia, por la esperanza, por Almudena, por Almudena, por Almudena. Y todo contado, quiero decir cantado, con el primor y el mimo de esa voz tan suya y tan limpia que le sube las persianas a la memoria y disfruta colocando en el altar mayor de la poesía unos viejos calcetines o unas gafas con los cristales rotos o el asiento roído de un taxi.

¿Vista cansada? Ojo de lince diría yo. Pupila solidaria y encendida. Voz que llama a las cosas por su nombre más nuestro. Este libro es el mejor de García Montero, como todos los anteriores, porque su verso crece y crece sin oxidarse nunca. Qué orgullosos estamos de abrazarlo y de leerlo los que nos quedamos tan cortos esperando tantísimo de él. Lo ha clavado el lápiz sin botox de Juan Vida, en el retrato que se publica en el libro, con su cara de sabio adolescente renacentista y esa mirada entre certera y compasiva que se queda agarrada al corazón. Bendito sea porque si, como él dice, los años hablan mucho y mienten más que hablan, y si (como dice también, en defensa de Rafael Alberti) los que han amado mucho no desmienten su amor con una mala boda, es urgente volver a pasear por nuestra infancia a través de su infancia, por nuestros primeros versos a través de sus versos, por nuestro primer amor a través de sus amores, por los desengaños, por las maldiciones, por las esquinas y las lluvias y las noches imposibles que tuvo mi Granada, su Granada.

Cómo no voy a quererlo si me sacó de una nube negrísima con el viejo paraguas cómplice de la amistad y la poesía. Los bares son la patria del que ha sido muy joven, dicen también en otro verso que debiera ser mío. Le ha tocado arrastrar a Luis, además, de hotel en hotel, de estación en estación, de antología en antología, la pesada maleta de ser cabeza y referente poético y generacional, eso que llaman crear escuela. Me refiero a la nueva sentimentalidad, la poesía de la experiencia y ese catálogo de etiquetas que entusiasman o enfurecen a los críticos y avinagran la vida a los postergados en el escalafón. Y lleva ese equipaje, doy fe, con una elegancia muy suya, nunca desprovista de una imprescindible, piadosa y saludable dosis de sorna. Él se lo ha buscado y al que no le guste que se joda. Como anda ya por los 40 y diez, y ahora, como dicen que dice Francisco Ayala con razón, casi todo el mundo vive 115 o 120 años, emociona pensar a la vera de mis 40 y diecidemasiados lo que podemos esperar en el futuro de esa pluma, con perdón, lo que le queda por decirnos todavía. Que ustedes y yo lo veamos.

Texto de Joaquín Sabina escrito para la presentación del libro Vista Cansada, en la Residencia Estudiantes, Madrid, el 26 de marzo.

Elpais.com

joaquin sabina 19 días y 500 noches: El documental

| Sección: Documental 19 días y 500 Noches, Especiales, Videos

Video: Joaquín Sabina, 19 días y 500 noches

Antes de que una embolia le pusiera el freno, en el 2001, la vida de Joaquín Sabina corría muy deprisa. Famosa es la anécdota sobre las decenas de personas que tenían la llave de su magnífico piso en el barrio madrileño de Tirso de Molina y que, tanto en su presencia como en sus largas ausencias, montaban ahí las fiestas. O, sencillamente, iban a charlar, a tomarse una cerveza o a esnifar y fumar alguna cosita. Después de salir del hospital, recuperado y aleccionado por el susto, Sabina cambió la cerradura.

Un giro radical en su vida que para el cineasta holandés Ramon Gieling fue argumento suficiente para rodar una película intensa y emotiva sobre el cantante y su relación con algunos de los que tenían un juego de llaves de su casa. Joaquín Sabina, 19 días y 500 noches es el título de la película -el mismo del que para muchos es su mejor disco- y que se estrenará el miércoles en el festival de cine de Rotterdam (Holanda).

“¿Una película? ¿Sobre mí?”, fue la reacción de Sabina cuando Gieling, autor del documental “En un momento dado” sobre Johan Cruyff, se lo propuso. El cantante se dejó convencer, permitió que las cámaras registraran un concierto de su gira con Serrat, dio una larga entrevista y permitió que otros hablaran de él (y no siempre para elogiarlo).

Las conversaciones se grabaron en una réplica del salón del piso de Sabina, reconstruido en un estudio de Madrid como si, años después, esos amigos volviesen a estar en su casa. “Algunos que antes tenían llave se sienten ahora excluidos y decepcionados por Sabina -dice Gieling-. A él le duele oírlo, pero admite que ha cambiado, que se encierra en su casa para escribir canciones y para combatir en soledad las fuertes depresiones que sufre. Y si no está en casa, está de gira”.

El cantautor Javier Krahe, el músico Caco Senante, el escritor Benjamín Prado y el torero Alejandro Talavante son algunos de los huéspedes temporales. Sus palabras y las del propio Sabina se entrelazan con fragmentos de casi todas las canciones de 19 días y 500 noches, además de algunas otras como Y sin embargo y Contigo. El filme empieza y termina con un concierto en Las Ventas que iba a ser el de su despedida pero que, finalmente, no fue el último.

En Holanda, la cinta se estrena en febrero pero en España no tiene distribuidor. Para Gieling, no es un documental sin más, sino un filme con una línea dramática a raíz de un cambio vital. “Me habían dicho que Joaquín era ahora un hombre difícil, pero se parece a Cruyff: es muy grande, pero sigue siendo él mismo y muy cercano”.

Vía | El Periódico de Catalunya

Agradecimientos | Bob

joaquin sabina El beso de Joaquín y Fito

| Sección: Especiales, Noticias

joaquin sabina fito paez

Y al final los “enemigos íntimos” se juntaron sobre el escenario de Boca y lograron uno de los picos emotivos de la noche. En el segundo de los conciertos de Joaquín Sabina en la Bombonera, el esperado encuentro entre el español y el rosarino Fito Páez se hizo realidad. “Ahora tengo una sorpresa para todos ustedes. Voy a presentar a un amigo de Rosario”, decía el cantautor cuando ya había pasado buena parte del concierto. Un Páez de punta en blanco apareció y recibió una larga ovación. Los acordes del tema Llueve sobre mojado, comenzaron a sonar en el estadio y con esa canción del disco Enemigos íntimos, que realizaron juntos en 1998, volvieron a sellar un pacto de amistad entre caballeros que terminaba definitivamente con una rencilla parecida a la de un culebrón rockero.

Sobre el escenario los artistas lucieron como compinches de toda la vida. Se abrazaban y disfrutaban de ese mar de gente que se veía desde el escenario y cantaba de par en par los versos de “Llueve sobre mojado”. El encuentro no se había podido concretar la noche anterior por el diluvio que obligó a suspender el concierto cuando faltaba poco para el final.

La sorpresa del reencuentro quedó postergada para el último de los shows de Sabina en una Bombonera que lució a pleno como en la primera de las fechas de este Carretera y Top Manta Tour y convocó en el estadio alrededor de 70.000 espectadores.

joaquin sabina y fito paez

Tan bien la pasaron que Sabina no quiso dejar pasar la ocasión para aclarar: “Esto es para terminar definitivamente con todos los rumores de pelea que se escribe en la prensa sobre nosotros”, dijo frente a su invitado de lujo.

El encuentro tuvo mucho de casual. Gente de la organización le alcanzó el nuevo disco de Fito Páez a Sabina y éste dijo: “Por qué no lo invitamos a tocar”. Con ese simple gesto lograron curar una herida abierta desde la grabación de Enemigos íntimos.

La relación entre los artistas tuvo idas y venidas. Incluso días antes del concierto, durante la conferencia que el español ofreció en el Faena, le preguntaron sobre su relación con Fito. Un periodista le comentó: “Hace poco Fito dijo que estar con vos era como tener al lado a una novia borracha“. Rápido el español retrucó con humor: “Borracha sí, novia… más quisiera él”.

Al principio, cuando la mala relación durante la grabación del disco conjunto los terminó por alejar, se tejieron diferentes versiones del conflicto. Durante un largo tiempo los artistas se mostraron como novias despechadas, hicieron públicas cartas personales donde se trataban con ironía y hasta con malicia. Luego las cosas se calmaron. Sabina llegó a decir que el desencuentro se había debido a diferentes formas de encarar la música y nada más, quitándole dramatismo al asunto. Las posiciones se terminaron de acercar cuando Fito Páez lo visitó en su casa de Madrid. En la Bombonera la novela tuvo su final feliz.

Gabriel Plaza, La Nación

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