Se convirtió en un fenómeno de ventas. Lo siguen mujeres de todas las edades. El español trata de explicar qué está pasando con él y habla de su vida nueva, más cerca de la escritura de sonetos que de los excesos.
A él, justamente a Joaquín Sabina, no vengan a hablarle de números. Lo suyo son las letras, la dialéctica, el juego de la métrica, el pasatiempo de poner en versos su melancolía y de hilvanar artesanalmente las palabras. Pero claro, imposible no remitirse a las cifras de escritorio cuando en la Argentina se desató el fenómeno de la sabinomanía.
Veamos: tras cuatro años sin actuaciones en Buenos Aires, hará ocho Teatros Gran Rex que estarán atiborrados de 3.200 personas cada uno. Las 12.800 entradas para los primeros cuatro shows volaron en apenas seis horas y lo mismo ocurrió con la venta en el ciberespacio.
Ante la fiebre criolla, imposible no saber qué piensa el andaluz alguna vez tildado de “profeta del vicio”. Océano de por medio, atiende el teléfono en su casa de Madrid, bastante avergonzado por semejante veneración porteña. Quizá por eso el poeta que para todo parece tener una palabra, esta vez permanece en silencio, casi sin explicaciones convincentes para tanta locura.
El Gran Rex te quedó chico. ¿No era mejor, por ejemplo, cantar en Boca?
(Abre la charla con una carcajada). ¡Uy, ése es un viejo sueño que no sé si alguna vez se cumplirá! Alguna vez canté en la cancha de Ferro… Pero el Gran Rex me gusta mucho porque ya son años y al cabo de ellos se crea una especie de tradición, de liturgia, de ceremonia. Es mi teatro preferido. La verdad es que es como el sueño del pibe. Tal vez el tema de Boca no se pudo concretar porque yo no he empujado mucho. Porque no estoy en un momento en que me apetezcan las grandes multitudes. Me apetece más ese nivel intermedio del Gran Rex.
Por una entrada la gente hizo vigilia, acampó con el mate. Una mujer llegó a pedir desesperada que no la dejaran sin ticket porque tu música era la banda de sonido de su historia. ¿Cómo se explica?
¡Ay! Uno para mantener en orden su cabeza y su corazón tiene que fingir que no se entera de estas cosas. Si entra en el choluleo, en alguna gente que te considera algo así como un líder espiritual, entonces está perdido. Yo no represento a nadie, sólo soy un tipo que escribe canciones que ojalá calienten el corazón a la gente, que ojalá le pongan un hombro para llorar. Pero nada más. Realmente me siento mal por la gente sin ticket. He leído cosas por Internet. Pero nos pilla en un malísimo momento porque tenemos la agenda muy apretada. Realmente estamos pensando en hacer una popular grande. O volver pronto. Pero bueno… algo se nos ocurrirá.
Da vueltas al asunto pero no encuentra justificativo para elucidar la adherencia creciente de tantos argentinos a su música. Y la charla inevitablemente toma otros rumbos ligados con su buen momento personal, con este Sabina que ya no hace vida de “murciélago” en los bares sino que ahora trasnocha para encontrarse con la poesía. Pero no se trata de un típico golpe de misticismo, ni de un rotundo adiós a sus hábitos, sino de una rehabilitación progresiva con replanteos incluidos.
¿Cómo estás hoy, desapareció aquel luto del que hablás en el disco?
¡Si! El luto ya ha desaparecido. Llevamos ya casi 40 conciertos de la gira y eso cura de todo. Una vez que estás en el escenario, tienes que estar allí, no puedes huir. Y ésa es una terapia estupenda. Dicen que he resucitado, pero no, porque no he estado muerto. Lo que he estado era apartado. Estoy bien, no puedo usar la palabra feliz, es demasiado grande. Recuerdo la anécdota de un poeta francés al que una vez su amigo le dijo que era feliz y él respondió ¿Cómo puede usted caer tan bajo?. El último tiempo he estado viajando todo el tiempo, acabo de volver de Perú, de Cuba y de una gira por las Islas Canarias. Me gusta esa cosa anónima que tienen los hoteles, donde te puedes encontrar a las cuatro de la mañana con la persona más disparatada del mundo. Ahí puede salir una canción. La mayoría de las canciones hermosas son tristes, hablan de lo que no se tiene o se ha perdido.
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