joaquin sabina, garcia montero

Una vez fui un artista famoso durante una hora. Sucedió, por un malentendido, en el chiringuito de la playa de Punta Candor. “Mira, ahí están Joaquín Sabina y Manolo García“, oí que comentaba un socorrista. Ni Joaquín, ni Benjamín Prado, ni su hijo Benjaminito, se dieron cuenta de la confusión. Nada más sentarnos, antes de que el camarero trajese la primera cerveza, se acercaron dos muchachas a pedir un autógrafo. Cuando firmó Joaquín, me pasaron el bolígrafo. Yo escribí “Todo el cariño de Manolo García“.

Tardó poco en formarse una cola. Los veraneantes de Rota suelen ser muy discretos. Por sus venas corre la sangre azul del mar, una nobleza que no depende de las cuentas corrientes o las estirpes familiares, sino de la elegancia del carácter. Pero no se ven todos los días dos monstruos de la música sentados en un chiringuito. La cola fue inevitable, y yo firmaba “Con el mejor abrazo de Manolo García

Entre autógrafo y autógrafo, miraba de reojo a Benjamín. Resulta normal que los ángeles y las abominaciones persigan a Joaquín allí donde esté. Pero es raro que un humilde poeta levante admiración popular, y más aún que la multitud se dirigiese a mí, sin perseguir el prestigio literario de Benjamín. Mientras Manolo García firmaba, yo espiaba con la risa por dentro. Aunque tensé la cuerda con algún comentario punzante, Benjamín se mantuvo como un caballero. Sólo precipitó su consumo de cerveza, pero es que hacía calor. Fue su hijo Benjaminito quien forzó mi confesión al preguntar con voz quebradiza: ¿Papá, por qué a ti no te piden autógrafos? Recuerdo con orgullo mi día de gloria. Un temporal se llevó el chiringuito de Punta Candor ese mismo invierno. Pero considerando que la propiedad privada es causa de muchos males, tengo derecho a sentir aquella fama con legítima alegría.

Luis García Montero

Luis García Montero, uno de los mejores poetas urbanos, en el diario Público.