joaquin sabina

Crónica del Diario de Navarra

Pamplona disfrutó de lo lindo con el concierto del flaco, leer las crónicas es una verdadera gozada, esta del Diario de Navarra incluye expresiones como público hiptonizado que describe muy bien cómo de vivo está Joaquín Sabina y el espíritu de todos los que morimos y resucitamos con él cada día. Qué grande.

Joaquín Sabina llenó el pabellón Anaitasuna de Pamplona. Sus miles de seguidores caldeaban y ahumaban el ambiente desde antes. Fuera, los reventas buscaban a los últimos miembros del grupo. A las nueve de la noche en punto se apagaron las luces y sus apóstoles musicales fueron haciendo aparición sobre las tablas con la música de Lili Marlén. El último de ellos, Pancho Varona, apareció del brazo de la cantante que sustituye a Olga Román, Marita Barros, muy aplaudida ayer.

Pero cuando salió él, con traje de rayas, jersey negro de cuello vuelto, una chapa roja con su silueta y bombín, el público aplaudió le dio con sus aplausos un cheque en blanco, tenía ganado el concierto antes de empezar.

Arrancó el flaco de Úbeda con canciones de su último disco, Vinagre y Rosas, como Tiramisú de Limón o Parte meteorológico.

¡Gabon Iruña! ¡Gabon Nafarroa!“, saludó desde un escenario que simulaba una azotea, con una antena de televisión, dos especies de chimeneas curvadas y un fondo de paisaje urbano, como de late show.

Gracias por la complicidad, es un placer volver a estas tierras del norte tan acogedoras, ¡y encima en San Patxi!“, gritó Sabina, en referencia a la festividad de San Francisco Javier. Cuando recitó un soneto que concluía diciendo “…es un lujo volver a Pamplona”, el aplauso fue ensordecedor. “¡Genio!, ¡Guapo!”, le gritaban. Una seguidora fue más allá, se acercó con paso tranquilo y le dejó una carta a sus pies.

Pero donde sus admiradores pudieron dar rienda suelta a sus años y años transparentes de devoción fue con “las otras” canciones, como las llamó él, no las nueves. Canciones como Aves de paso.

La gente se ponía de pie con el dedo índice apuntándole, pero tenían que volver a sentarse pronto, porque todo el público de pista estaba sentado en sillas, aunque no podían evitarlo y volvían a ponerse en pie. Todos se sabían las letras, y las coreaban, frases ya populares como “Ese amante inoportuno que se llama soledad“, “Siete crisantemos en el cementerio“, “Por el boulevard de los sueños rotos” o “¡Quién supiera reir como llora Chavela!“.

Los músicos cambiaban de instrumento, lo mismo tocaban el acordeón que la flauta travesera, la guitarra que la mandolina. Sabina los presentó uno a uno: Jaime Asúa (“Chiquito de Amorebieta”), Antonio García de Diego (“El timonel de la nave”), Pedro Barceló (“Camarón y BB King morirían por su toque”) y Marita Barros, la nueva.

Así hasta prácticamente las 23.20 horas, cuando acabó con grandes éxitos como 19 días y 500 noches o El pirata cojo. Al final, eso sí, mucha gente de las gradas invadió la pista y se produjo cierto descontrol. Todos quisieron acercarse a Sabina y eso provocó algún desorden.

Hoy, los bombines (que se vendían a 15 euros, por cierto) volverán al armario. Hasta la siguiente. Dice que ya no habrá giras en grandes escenarios, que a partir de ahora ira a “teatritos”. Qué más dá. Ya los tiene ganados.

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