Ocurre que si todo concierto es, independientemente de su valor musical, un acontecimiento social, los de Sabina son excepcionales en este sentido. En sus ceremonias hay algunas reglas tácitas: la principal da por sabido que el espectáculo será siempre inolvidable, apoteósico, cómplice, pues, a estas alturas, el calavera melancólico es, más que un compositor, una manera de ser, abstracción que raramente se materializará para explicar, por ejemplo, los excesos rockeros, almidonados y maquinales, entre los guiños a Dylan y Cohen y el saqueo a Santana, o la elección de un errático repertorio.
Sabina, sin embargo –qué duda cabe–, es perro viejo, de modo que si el concierto decae ligeramente, sobre todo hacia la mitad de la actuación, tira de ocurrencia gamberra. Entonces se acuerda de Jiménez Losantos, de Aznar en la universidad de “Jorgetonto” y del Papa en Ratisbona. O, en el argot romántico-taurino tan de su agrado, remata la faena y proclama: “En Las Ventas se trabaja; en La Maestranza se torea”. Para entonces, ha quedado superado el bache, más si cabe tras la interpretación doliente y tranquila de Nube negra, con hermosos versos del poeta García Montero. Esta canción fue, por lo demás, la que mejor funcionó de entre las elegidas de Alivio de luto, su último trabajo, que pasó sin pena ni gloria. Por momentos daba la impresión de que para el público que desbordaba el Auditorio, aquellos lances eran puro trámite: espera obediente hasta la llegada de un tramo final en el que repartió hits sentimentales y generacionales, confortables.
Con buena voz, lo que significa escasamente afónico, el amigo de las calles frías había abierto la velada con una versión instrumental, mitad vals, mitad ranchera, de Y nos dieron las diez, tras la que se sucedieron temas antiguos –Mentiras piadosas, entre los más celebrados– y un pequeño medley, bien anudado, en el que jugó con Siete crisantemos y ¿Quién me ha robado el mes de abril?
Tras unos minutos de descanso, en el que tomaron el mando sus dos apoyos más habituales, Pancho Varona –Esta boca es mía– y Y sin embargo, Calle Melancolía, Pájaros de Portugal, Una canción para la Magdalena y Llueve sobre mojado (canción que escribió con el argentino Fito Páez para Enemigos íntimos, disco de título profético) y, entre muchas otras, Princesa, ésta ya en los bises de un concierto que duró algo más de dos horas y que concluyó, cerrando el círculo, con un Y nos dieron las diez, esta vez cantada.
Dos impresiones, o dos confirmaciones, para terminar. A Sabina le hace menos arrugas el traje de baladista derrotado que el coqueteo impersonal, vetusto e intransitivo con el rock. Y también desfilan mejor por su garganta las viejas penas borrachas que las redenciones nostálgicas de estreno. Al margen de esto, la ovación, al parecer, iba dentro del lote.
Fuente: Diario de Sevilla
Compártelo
Seguir leyendo... »